El Kartel de Malasaña

Así son las cosas, te invitan a un cumpleaños de un colega y ya te da reparo preguntarle ¿cuántos caen? Hace no tanto éramos más jóvenes que nuestros héroes: futbolistas, pilotos de GP, tenistas. Ahora son ellos los mozos. Todavía si la edad se parece a la talla de los zapatos, aún, aún. Calzo un 38, bien. Uso un 42, bueno. Pero un 50, joder ya pesa.

Barry cumple 50 y dice: “ya cambio de prefijo”. Lo googleo, no lo puedo evitar. El 50 no existe, no consta. 51, Perú; 52, México. ¡Quieto! Ahí me quedo. La cita del convite es en la calle Apodaca. Me suena a un nombre farmacéutico griego, pues no. Lo googleo, no lo puedo evitar. Ciudad mejicana de medio millón de habitantes, Capital Industrial de Nuevo León. ¿Y qué más? Juan José Ruiz de Apodaca y Eliza, último virrey de la Nueva España. Por ahí van los tiros, o la balasera. En el número 3 de la calle homónima destaca la fachada de El Kartel de Malasaña. Kartel, de narcotráfico. Malasaña, heroína (popular) del 2 de mayo. Me estoy liando de nuevo.

Lo googleo de nuevo, así soy. “Taqueria muy chula. Todos los tacos cuestan 2 € (recomendables la tinga de ternera y el de ternera asada, el cochinita está un poco seco y la tinga de pollo no nos gustó mucho, y no tienen taco pastor) y hay tamales y nachos para compartir. También tienen cervezas mejicanas (Dorada, Pacífico, Modelo Negra, Desperados, etc.), micheladas y cocteles. Buena opción por la zona”, dice Enrique Contreras en reseñas de Google

La decoración mexicana es genuina, la atención es buena y rápida y la zona me encanta, aunque con las motos clásicas tienen algunos inconvenientes para acceder al centro. Disponen de un servicio de invitación por email para evitar males mayores. Los motoristas somos bienvenidos y eso ya cuenta.

El selfie preeminente es un cartel, no podía ser de otra manera. Este recrea la pared de una estación de policía donde fichan a los forajidos, compuesta de una líneas horizontales, con la medida de la altura, para que el caco dé la talla. Y un cartelito en el pecho, para figurar en los antecedentes penales. ¡Estás fichado, malhechor! La banda sonora del local está bien dispuesta, suenan armonías oportunas, nada que te distraiga o repela. Guitarras eléctricas virtuosas, armónicas afinadas, buenos ritmos reconocibles para los cuatreros del rock y del blues. Aparca tu montura enfrente y engulle unas micheladas como si fuesen los últimos días del trabuco y de la siete muelles.

Aaaah!, también tienen otro local, en la calle de San Vicente Ferrer, 6. Madrid.

PD: en conversaciones ulteriores con Óscar Frontera y Pe Boogaloo, los capos del Kartel tocamos el tema de un famoso criminal que rondaba el número 3 de la calle Apodaca. 

Googleo de nuevo: Fantômas, un chorizo escurridizo, castizo de adopción; Eduardo Arcos Puch, el ladrón más buscado en Europa y USA a la sazón. En Nueva York, París, Londres sufrieron sus delitos debido a los dedos de sus guantes blancos. Especializado en desvalijar habitaciones de hotel de otros, mejor dicho otras. No lo digo por lenguaje inclusivo. 

El apodo «le fantôme» –fantasma– se lo adjudicó la prensa gabacha. El nota era un figura. 

En el domicilio de la citada calle madrileña le incautaron una calavera humana, dentro de un cofrecillo de madera lacada y terciopelo rojo, además de varios disfraces y ganzúas. 

Eddy era un mujeriego incansable y utilizaba la calavera como reclamo para las damas de los hoteles, haciendo circular su truculenta historia a través de las doncellas del servicio.

Hablaba español, mallorquín, inglés, francés, alemán e italiano. Fue capturado en Apodaca 3, en 1916 por el comisario Fernández-Luna, el Sherlock Holmes madrileño. 

@nacho.mahou

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