Me caí de la moto. Y no fue culpa mía. Algo me salió por la izquierda aquella noche y golpeó el manillar. No pude controlarla. Entonces, justo entonces, todo se ralentizó.
Tardé siglos en llegar con mi cuerpo al suelo y mientras me aproximaba al asfalto, miraba cómo la moto se alejaba, tumbada sobre el escape derecho, arrancando chispas al pavimento.
Toqué lo negro y no lo sentí. El tiempo se expandía a mi alrededor: veía acercarse unos coches, veía la moto abandonándome allá lejos, veía el mundo girar en el negro de la noche.
Aquello duró milenios y me dijeron que sólo fueron segundos. ¿Me estamparía contra los coches? ¿Saldría de aquella? Tuve mucho tiempo para pensar en un miserable instante; pero libré y la vida volvió a su velocidad normal.
Ahora amigos, nos estamos cayendo todos de la moto.
Y el tiempo se nos vuelve a hacer eterno. Y no sabemos qué va a pasar. Y nos da tiempo a pensar mucho pero… Si esquivamos las peores conjeturas, el futuro volverá a ser nuestro.
Volveremos a salir adelante como lo hemos hecho siempre: con dolores que irán remitiendo y cicatrices que durarán siempre pero… con trabajo duro, determinación y ansias de vida, volveremos a dejar la moto en perfecto orden de marcha (incluso puede que, ya puestos, la retoquemos algo aquí y allí) y nosotros seremos un poco más expertos, algo más taimados y mucho más motoristas y sabiendo a quién partir el alma y a quién invitar a lo que quiera.
Sí, solo es una caída. Volveremos a rodar: faster and louder!
Alex Tornasol
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